Por norma general los jóvenes se disfrazan en la noche de Halloween y los mayores recuerdan el Día de Todos los Santos. Este año nosotros no celebrábamos nada, tan solo el camino hacia algún lugar donde dormir, con prisas por no perder la luz del sol y con ella, el calor. Estamos recorriendo Francia a paso muy lento. Las rutas ciclistas pasan por al lado de muchos cementerios y hemos podido ver que desde hace semanas la gente se estaba preparando para el 1 de noviembre: limpiar las tumbas, comprar los ramos a un precio rebajado, asientos de atrás llenos de flores, descuentos en las lápidas por el Día de Todos los Santos, etc. La pregunta que nos surgía era: ¿harán lo mismo el resto del año o solo se ponen las pilas la víspera de la fiesta?

Como decía Tolstói “todas las familias felices se parecen unas a otras, pero las infelices son infelices cada una a su manera”. Lo mismo pasa con la muerte: aunque todos llevemos vidas distintas, de la muerte no se escapará nadie. La muerte asusta, es omnipresente e imprevisible. Algunos la eligen: se suicidan diez personas al día en España y no es el país con las mayores cifras de suicidios. Sin embargo, lo que nos concierne en el momento presente son las muertes en la carretera. La muerte asusta más cuando eres la parte más vulnerable de la circulación automovilística. Así es cómo nos sentimos cuando pasamos una y otra vez por lugares decorados con flores: en los puentes, en las curvas cerradas o incluso en las rectas. Pero no solo son flores y ramos lo que nos encontramos. En Tierga, un pueblecito de montaña en Aragón en la entrada al pueblo y en la carretera que lo atravesaba vimos globos en las cunetas – quizás para recordar a unos niños atropellados. En La Alberca de Murcia, en plena calle residencial en una señal informativa hay un jarrón con flores siempre frescas, lleva años ahí, ni uno ni dos, muchos años y con ramos de flores nuevos cada vez que se marchitan las anteriores. Algunas heridas nunca se curan. Algunas personas nunca se olvidan. En Rochefort, Francia, nos vimos atravesando uno de los puentes más peligrosos y terroríficos que se nos habían presentado: alto y peligroso, sin carril bici y con coches pasando a cien kilómetros por hora por ser una especie de autovía, un desvío rápido para salvar la distancia que recorría un barco eliminado del sistema de transportes fuera de la temporada turística y porque el transbordador estaba en reformas. En la cima del puente había un ramo de flores. Cuando lo vi, pensé: “Normal. ¿Cómo no iba a haberlo?”. Acto seguido pinché y mi cubierta explotó. Detrás de mí un autobús y de repente lluvia, el carro de Chloé tambaleándose, golpeado por el viento, y nadie se dignó a parar y preguntar si necesitábamos ayuda o al menos reducir un poco la velocidad para adelantarnos bien. Recé. Una de esas pocas veces en las que las cosas no dependen de uno, sino de la suerte y entonces no nos queda otra que rezar.

El Día de Todos los Santos las calles huelen a incienso, las campanas cantan en las iglesias y los cementerios se llenan de flores. Pero incluso ese día la gente sigue teniendo prisa. Una prisa irracional por cumplir con el deber de llevar las flores a una tumba y rememorar a los que se fueron, a los que nunca volverán.

Solo he presenciado un funeral. Fue hace mucho y fue dramático: a los nueve años, una compañera de mi misma edad. Nunca pude despedirme de mis abuelos, tampoco pude acompañarlos el día en que se iban para nunca volver, por estar demasiado lejos. No están ya, pero estarán siempre en mi corazón, para mí son los que nos protegen en este viaje.

Pero no solo a las personas se lleva la muerte, también a los animales. Y cuando se van, duele muchísimo, duele igual que con las personas. Por el camino nos encontramos cadáveres destrozados, asesinados cruelmente en la carretera por conductores con prisas: animales de los bosques y también de las ciudades. Mariano se santigua cada vez que pasamos por al lado de uno de ellos.

La noche de Halloween de camino a Blois con las luces y las bicis visibles en la oscuridad nos pasó una cosa curiosa. A tan solo cinco kilómetros de la ciudad vimos cómo se nos acercaban dos ambulancias con las sirenas puestas, íbamos por un carril bici compartido que atravesaba un bosquecillo y nos siguieron. Paramos. La copiloto, una paramédico con ojos preocupados pero llenos de empatía, expectantes de ver horrores, pero acostumbrados a ver pesadillas, nos preguntó si éramos los ciclistas heridos. Le dijimos que no. Nos dijo que los llamaron porque en esa misma carretera, en ese mismo momento hubo un accidente con ciclistas involucrados. Por suerte, no éramos nosotros. Pero alguien sí. Un día de fiesta. La víspera de rememorar a los que se han ido. Solo deseamos que no fuere ése el destino de aquellos ciclistas atropellados.

Al igual que el exceso del dinero, los automóviles corrompen y matan la empatía humana, asesinan el sentido común y la consciencia, la moralidad. ¡Seamos conscientes al volante, en la bici o andando! Regalemos más te quieros a los que están a nuestro lado porque algún día no estarán y recordemos a los que se fueron con cariño y alegría porque mientras estén en nuestros corazones y en nuestro recuerdo, nunca se irán para siempre.

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