Los orígenes de la peregrinación a Santiago se remontan al siglo XI. Desde entonces hasta ahora los peregrinos de todo el mundo a pie, corriendo, en bicicleta o a caballo se han sumido en una única experiencia mística y espiritual, de interiorización y socialización, de deporte y de los límites personales, en medio de la naturaleza y la cultura. El Camino de Santiago, una ruta marcada con conchas o flechas amarillas, forma parte del sendero de larga distancia, el GR-65.

España entera puede ser dividida en caminos y todos llevan a Santiago: el Camino Francés, el Aragonés, el Primitivo, el Catalán, el del Norte, el Vasco-Riojano, el Costero, etc. Desde el 2013 la ruta jacobea atrae a más de 200.000 personas cada año, aumentando ese número en un 10 % cada año.

Los peregrinos se adentran en las profundidades de las sendas angostas del Camino de Santiago solos o acompañados, junto a sus parejas, amigos o familiares. Aunque hay algunos que deciden hacerlo junto con sus amigos más nobles y fieles, los perros. Esos valientes que deciden asumir las vicisitudes del camino en compañía de los canes son pocos, una cifra insignificante en comparación con el número total de los peregrinos. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que los perros no son bienvenidos en el Camino. Mientras permanezcan junto a sus amigos bípedos en los senderos en medio de la naturaleza que cubre la ruta jacobea, todo estará bien. Pero en cuanto esos intrépidos peregrinos, humanos y cánidos, decidan descansar en algún albergue, las puertas del mismo se les cerrarán en las narices, sin las mínimas contemplaciones.

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Los albergues públicos no admiten bajo ningún concepto a los perros en sus instalaciones, ya sea verano o invierno, cuando el número de peregrinos pernoctando en los mismos sea incluso nulo. Las razones a las que se atienden los responsables son el mal comportamientos de los perros, las alergias o reticencias de los demás peregrinos o simplemente la falta de voluntad.

La situación cambia en los albergues privados, que en ocasiones sí que admiten a los canes, pero solamente en los patios, dejando al perro a la intemperie a veces o privándole de la seguridad que supone estar con su humano. Pues la mayoría de los perros no tienen costumbre de separarse de sus amigos bípedos. Los perros se han convertido en seres sociales que están acostumbrados a estar con nosotros y separarnos, tan solo, para pasar la noche puede suponer un gran sufrimiento para ellos, imposibilitando un descanso de calidad, lo que derivaría en un mal comportamiento del perro o incluso en problemas de salud a la larga.

Por supuesto, los buscadores de alojamientos nos ofrecen una amplia oferta de hoteles, hostales y pensiones que admiten a los perros en habitaciones privadas, pero ese tipo de experiencias encarece mucho nuestra peregrinación. Ya que si el precio de una noche en los albergues públicos puede ser de 5 euros, en los privados de 10 euros por persona, pernoctar con nuestro perrete en los hoteles no bajará de los 30 euros la noche.

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Muchos peregrinos que viajan con su perro deciden utilizar su tienda de campaña para dormir en el entorno de los albergues y utilizar sus duchas, únicamente, por la mitad del precio. No obstante, esa decisión impide conectar igual con otros peregrinos y compartir cenas y despertares juntos. Otra posibilidad, en la temporada baja y fuera de los caminos más transitados, es engañar a los hospitaleros, ocultando el hecho de que viajamos con un perro.

Las personas utilizan el Camino de Santiago como una experiencia espiritual, de poner al límite sus capacidades y fuerza física, de entrar en contacto profundo con la naturaleza, de enfrentar con coraje los retos que ésta (la naturaleza) decide imponernos, para interiorizar y para conocer gente, hacer amistades más profundas y únicas, para despojarse de lo innecesario y disfrutar de lo imprescindible. Pero dada la popularidad y el éxito de ese ‘retiro espiritual organizado’ se está perdiendo el verdadero objetivo, humilde y honrado, de la ruta jacobea: abrir la mente y despojarse de los perjuicios morales y sociales. Prohibir la entrada a los perros, quejarse de su presencia en la ruta, no mostrar la mínima empatía con aquellas personas que deciden hacer el camino de manera natural, de manera “salvaje”, de manera primitiva, es completamente antinatural, extinguiendo voluntariamente el espíritu del camino. Con el aumento de los peregrinos ‘comerciales’ incrementan también los ingresos de todas las empresas que se han volcado en el camino como si de una mina de oro se tratase. Ya no supone una experiencia mística, pues la masificación de los caminos, la comercialización de la experiencia, la facilitación de los retos, convierten la peregrinación en un lugar ordinario para ligar o para tachar una casilla de la lista de los propósitos en la vida.

Este año la APACA (Asociación de Protección de los Animales del Camino) ha creado una credencial canina, para todos aquellos valientes que se lancen a descubrir la ruta jacobea en compañía de su can. El dinero recaudado con la venta de las credenciales se destinará a campañas de sensibilización sobre la tenencia responsable de animales y a mejorar las condiciones de todos los animales en el Camino. Se trata de una propuesta preciosa y quizás del primer paso hacia una apertura de mentes en cuanto a la presencia de los perros en las veredas de la ruta. Pero la pregunta es, ¿qué sellos se pondrán en la credencial si se prohíbe la entrada de los perros a los albergues y a los establecimientos de comida, iglesias y tiendas? De hecho, hasta tengo mis dudas de que el perro peregrino pueda entrar a la Oficina de Acogida al Peregrino para recoger la Compostela. Entonces, ¿qué sentido tiene portar la credencial y obtener los sellos de unos lugares donde los perros no son bienvenidos?

En definitiva, hacer el Camino de Santiago con perro sí es posible siempre y cuando hagamos acampada salvaje o nos gastemos una fortuna en hoteles y albergues privados.

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