¿A qué edad nace el amor por los perros?

Me enamoré de los perros incluso antes de empezar a andar y eso que fui una niña precoz en eso de andar, con siete meses ya me tenía en pie. Casi a la misma edad conocí al primer perro de mi vida, un collie que era más grande que yo. Aunque entonces no podía saberlo ni yo ni mis padres, pero nació en mí aquel amor incondicional, apasionante e infinito por los perros.

A los nueve, los padres de mi mejor amiga de la infancia le regalaron a una perrita, haciendo realidad el sueño de su corta vida. Mi amiga tenía siete y desde el día en que cogió en sus pequeños brazos a aquel peluchito marrón no pudo vivir ni un día más sin un perro en su vida. Yo también quería tener un perro, sentía envidia de mi amiga, una envidia infantil e irracional, sincera pero triste, tenía demasiado amor dentro de mí, amor que necesitaba regalar a alguien. Mi amiga de siete años y yo de nueve salíamos todos los días a las ocho de la mañana, ya fuera invierno o verano, vacaciones o días de colegio, a sacar a aquella miniatura que se convirtió en parte de nuestras vidas. Pero no estaba en mi vida por completo…

Me enamoré de los perros

Dos años más tarde, en Semana Santa, una compañera de escuela de mi madre vino a visitarnos con su perrita embarazada, una cocker spaniel negra. Mi padre, en uno de aquellos días de mucho alcohol y reflexiones filosóficas, propuso que cogiésemos a un cachorro de la perrita Jessy. Mi madre no se opuso, aunque tampoco aceptó. Pero yo empecé a construir un mundo de fantasía e ilusiones en mi cabeza, donde las protagonistas éramos yo y ya nueva cachorrita.

A los dos o tres meses llamó la amiga de mi madre para decir que los cachorros ya habían nacido, que si seguíamos interesados. Mis padres no estaban convencidos. Lloré. Lloré como nunca lo había hecho, jurando que haría lo que quisieran mis padres, pero que por favor diesemos hogar a uno de sus cachorritos.

A principios del verano dábamos la bienvenida a Jenny, una cachorra de color dorado, como mi pelo, muy feliz y simpática. Mis abuelos se opusieron rotundamente a tener un perro en casa, pero llegamos al acuerdo de que la perrita solo estaría en nuestras dos habitaciones, cocina y balcón. Como bien remarcó Anatole France “Hasta que uno no ha amado a un animal, una parte del alma sigue sin despertar”. Jenny despertó mi alma, me enseñó a abrirme a la gente, a confiar, a amar, a ser cariñosa, a sonreír y a ser más segura de mí misma.

La constante crisis económica de Ucrania nos obligó a abandonar el país cuando Jenny cumplió tres años. A día de hoy no logro entender cómo pude separarme de ella. Nada estaba en mis manos, me salvó la esperanza de regresar pronto, de recuperarla, de volver a por ella y traerla a España. Jenny se quedó con nuestros abuelos que empezaron a amarla a los días de llegar a nuestra casa, cediendo a sus prohibiciones territoriales. Ella fue una nieta más para ellos. Hace poco leí unas cartas de mi abuela a sus amigas en las que describía a Jenny como la perra más inteligente del mundo, como la perra que les daba vida, que les daba esperanza y alegría, que les daba amor y compañía.

Me enamoré de los perros

La llegada a España, a un nuevo país, fue dura, muy dura y más sin contar con aquella pequeña alegría. Pasamos dos años sin perro y para mí fueron los peores dos años de mi vida, no por no contar con un perro en nuestro hogar vacío, sino por no tener un solo amigo de verdad.

Intentamos introducir en nuestras vidas a otro animal, un periquito que escogí en una tienda animal por ser un solitario, alejado de su bandada, con carita de tristeza. El periquito solo estuvo con nosotros unos meses, una noche murió de repente, seguramente de alguna enfermedad. Mi hermana de diez años lloró durante dos semanas aquella pérdida. Al año siguiente nuestra madre decidió regalarle a un perro: un cocker spaniel blanco y negro como Jenny. La llamamos Emi.

Emi pasó con nosotras doce años. Nos acompañó en los duros años de nuestra adolescencia, de aquellas noches de primeros novios y primeros cigarros detrás de la casa, de primeros botellones, nos hizo compañía en nuestros viajes por España, noches a ras del cielo en medio de las montañas de Portugal, los embalses de Cuenca, las playas del Mediterráneo, me dio la bienvenida cuando volvía de mis primeros trabajos de camarera de madrugada y me venía a recoger de la universidad. Ella estuvo allí y aunque no reemplazó a Jenny, ocupó un lugar junto a ella en nuestros corazones. Murió de enfermedad, insuficiencia renal, intratable hasta el momento en los perros.

Lloramos todas su muerte: mi madre, mi hermana y yo, porque no solo la llorábamos a ella, también a todos los que nos dejaron en aquellos años, pero en la distancia, Jenny entre ellos.

A las dos semanas de su muerte supe que no podía vivir sin un perro, me asfixiaba ese extraño silencio, ese vacío que llenaba mi vida y el aire de nuestro hogar. Obsesionada con las enfermedades genéticas de algunas razas, busqué al perro de salud más resistente. Así fue como conocí al border collie. Busqué en refugios y páginas de anuncios, hasta encontrar una camada de cachorros perteneciente a un pastor que los regalaba. Habían nacido muchos y nadie quería a las hembras. Fuimos a verlos, yo sabía que aquello era irreversible, cedería a mi instinto maternal, a mi amor eterno a los perros, la cogí en brazos y supe que aquella perrita me acompañaría desde el momento en que decidí ir a verla. Nuestra pequeña Chloé. Una perrita miedosa y tímida, llena de parásitos, sucia, con paja entre sus pelitos cortos y duros, que olían a granja. Se meó en mi chaqueta varias veces de camino a casa del miedo.

Le dimos todo el amor, cariño, cuidado y confianza que pudimos. Ahora es una perrita guapa y muy segura de sí misma. Ella es nuestra mayor inspiración para crear este espacio, esta revista, para dar la vuelta a Europa en bici, para crear, para vivir. Ella nos da la vida, nos da ese amor que solo los perros son capaces de dar, esa lealtad, esas miradas de comprensión, de apoyo incondicional. Creo que Chloé me conoce mejor que yo misma. Ella me ayuda a ser mejor persona. Ella hace que quiera hacer de este mundo un lugar mejor, para nosotros, los humanos, y para los animales.

Ella es mi mundo. Y yo soy el suyo.

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