“Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”

 

Escrito por Yulia Feshchenko / Traducido al español por Alina Petrik

Animales salvajes en cautiverio es una crueldad inconsciente y disimulada que se justifica con el amor o interés hacia ellos. Es habitual que los consumidores de sensaciones utilicen estas dos razones, inocentes a simple vista, para explicar el deseo de visitar zoos, delfinarios, circos y otros lugares de cautividad de animales salvajes. Lo primero que hace que tu corazón se encoja durante esas visitas es el claro contraste entre la poca superficie de las jaulas en relación con el tamaño de los animales que las habitan. Esos animales, a menudo descuidados, bestias infelices de ojos tristes, apáticos u obsesionados, que corren de un lado a otro, haciendo el mismo recorrido y mostrando a los visitantes un comportamiento extraño que sigue exactamente igual muchas horas después. Queda científicamente demostrado que la actividad es una necesidad vital para cualquier ser vivo, igual que el aire, el agua o la comida. No obstante, esos animales en sus estrechas y diminutas jaulas están sometidos a condiciones de tortura psicológica y física, sin posibilidad de desplazamiento activo, que deriva en atrofiamientos de sus aparatos locomotores, problemas del aparato digestivo, neurosis y trastornos psíquicos irreversibles. El ser humano ni siquiera se hace idea del precio que supone satisfacer su interés y materializar su amor… Lo importante es que todos hayan visto a un bonito oso, león, jirafa u otros habitantes que solo se pueden contemplar con ojos propios y en su hábitat natural haciendo, por ejemplo, un viaje a África.

Pero aquí no hace falta viajar a ninguna parte. ¡El oso ha venido a vernos! Y no pasa nada que el pobre animal ocupe una minúscula jaula que supera unas pocas veces su tamaño, que hace tiempo que ya no es aquel oso pardo, amante de la libertad, como en nuestros cuentos de infancia. Sus característicos andares de un lado a otro de la jaula no son su deseo de estirar las patas antes de dormir, sino un tipo de desviación en el comportamiento de un animal cautivo. En realidad son muestras de angustia e impotencia que acompañan a cualquier animal salvaje en cautividad.

Os presento a Tristán, el oso del zoo de Minsk en Bielorrusia. Su nombre es simbólico, teniendo en cuenta que el nombre de Tristán se traduce como “triste”. Efectivamente, toda esta situación resulta poco graciosa y demasiado sospechosa. Según las fuentes oficiales ese oso lleva viviendo en el zoo más de 10 años. Pero, extraoficialmente, él es un ejemplar más (así es como denominan a los animales los propietarios y representantes de los zoos), ya que el oso Tristán anterior desapareció sin más.

Las preferencias alimenticias actuales del oso son exclusivamente vegetarianas. La jaula, la bañera, la vieja cubierta, las incontables ramas que impiden ver el espacio circundante en todo su esplendor y un habitáculo adicional “de descanso”, para esconderse del cansino ojo humano, es todo cuanto verá el oso hasta el fin de sus días.

Un grupo embobado de familias explican los movimientos repetitivos del oso a los niños con que “el oso está adiestrado y está haciendo ejercicio”. Y, ¿por qué no? Incluso ellos, los adultos, se lo creen. Son tan sumamente convincentes y seguros con los niños que estos últimos por su edad toman esas explicaciones como un hecho divertido y corren contentos a ver al siguiente animal exótico.

Los búhos y lechuzas del zoo tienen unos horarios poco naturales. Resulta que de día no duermen. Los pigargos y águilas, aves nacidas para sobrevolar mares y perderse en las alturas, aquí apenas disponen de hueco para hacinarse…

Las avestruces, por cierto, han tenido más suerte con el espacio. Pero quizás esa sea su única ventaja. Su recinto tiene una superficie superior a la de sus vecinos y los curiosos se entretienen más junto a las aves. Los visitantes alimentan a las avestruces con todo tipo de cosas: hierba, chicles, galletas, guijarros… Lo importante es que los “pajaritos” se acerquen, lo cojan y se lo coman. Qué es lo que les dan y cómo se refleja en la salud de los animales, no preocupa a nadie. Tampoco los empleados se dan por aludidos con este asunto.

Los linces, martes, zorros y mapaches recorren sus jaulas sin prestar la mínima atención a sus congéneres. Parece como si tuvieran prisa, corren hacia un lado para regresar después y repiten sin cesar esas acciones en círculo, como si siguiesen una ruta delimitada y de suma importancia para ellos.

Los lobos ocupan, a primera vista del espectador, una jaula espaciosa, pero su estado físico y también el comportamiento revelan miedo y actos neuróticos: orejas pegadas, colas encogidas entre las patas, las mismas carreras en círculo, estremecimiento ante cualquier sonido estridente y una completa indiferencia hacia los demás miembros de la manada.

Los bisontes, leones y tigres no representan la majestuosidad que los caracteriza.

Por un insignificante precio no incluido en el valor de la entrada, se puede alimentar a ciertos animales con los piensos adecuados para su dieta especial. La única muestra de cuidado y atención hacia aquellos desdichados animales son los letreros en los que se indica en letra grande y llamativa que queda prohibido darles de comer. No obstante, aquello no detiene a las personas deseosas de ahorrar y dejar caer al animal un trozo de galleta, una barra de pan o, incluso mejor, un bombón viejo de chocolate con la etiqueta incluida que estaba perdido en el fondo del bolso. Tampoco les frenan las inscripciones de prohibido alimentar a los animales porque puedan enfermar y morir.

“Por una vez no pasa nada”, así es cómo reaccionó una visitante a nuestra llamada de atención, mientras depositaba en manos de su hijo patatas de bolsa para que diese de comer al avestruz. La gran mayoría de los visitantes cree que si han venido y pagado por las sensaciones es que hay que aprovechar al máximo. Los empleados del zoo tampoco se lanzan a aclarar la situación y expulsar a los incumplidores. Básicamente porque les da igual, cumplen sus horas en el puesto de trabajo a cambio de un salario y esperan con ansias el final de la jornada.

El zoo se encuentra en un barrio de la ciudad de Minsk con edificios altos y está rodeado de carreteras con mucho tráfico. Este lugar a priori no puede brindar la tranquilidad necesaria a los animales, ni siquiera por la noche, mostrándose extremadamente sensibles al ruido constante. Es más, en el territorio del zoo se están realizando obras desde hace más de cinco años. Parece que están ampliando las jaulas, aunque en realidad los animales siguen sufriendo la misma angustia.

¡Los animales salvajes en cautiverio no es la norma! Piénsalo, aprende y enseña a tus hijos a no aceptar ofertas de similares negocios de los empresarios desalmados. Si no puedes ayudar, simplemente no formes parte de la cadena. Esto será un paso importante para concienciarse de esa inhumana actividad. ¡Tus hijos jamás podrán conocer la fauna exótica de la Tierra a través de las jaulas, cristales y redes de los zoos, los circos, delfinarios o terrarios! Conoce a los animales a través de libros, documentales o simplemente viajando. La generación actual cuenta con incontables maneras de ampliar sus horizontes.

Quiero creer que algún día la humanidad lo comprenda y el cautiverio de animales se convierta en una ilegalidad que la sociedad rechace.

 

Yulia Feshchenko (Minsk, Bielorrusia)

Yulia es una mujer todoterreno de nuestros días. Esta joven bielorrusa es una copywriter objetiva, mamá amorosa, animalista empedernida, aventurera intrépida, viajera en el alma, cocinera apasionada y activista profundamente implicada en aquellas causas que le parecen justas. No pertenece ni ha pertenecido jamás a ninguna asociación u ONG, pero cualquier animal o persona que aparece en su vida, se va un poco más feliz y querida.

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