El feo, el bueno y el malo.

El verano en España es sinónimo de fiestas populares, conciertos y festivales al aire libre, de carrozas, botellones, la sidra y el vino, de la Tomatina, los encierros, la embriaguez y mucha, mucha fiesta. Para algunas personas de España y del mundo, quizás los Sanfermines sea aquel acontecimiento único e irrepetible, la culminación de la unión perfecta del placer, la adrenalina y el miedo mezclados con el alcohol y, ¿por qué no?, drogas, que uno debe probar al menos una vez en la vida. El caos tradicional legal y promocionado hasta la saciedad en la televisión nacional, con un espacio propio las mañanas de julio en programación para todos los públicos, niños incluidos, por supuesto.

El origen de la fiesta se remonta a la Edad Media, cuando los actos religiosos en honor al patrón de Navarra, San Fermín, se fusionaron con las ferias comerciales y las corridas de toros de Pamplona. Hasta los principios del siglo XX era una fiesta mayoritariamente local. Sin embargo, tras la publicación del libro Fiesta (The sun also rises) por Ernest Hemingway, un gran amante de los Sanfermines, Pamplona se dio a conocer al mundo entero y multiplicó su población, superando el millón de personas, entre el 7 y el 14 de julio, todos los años.

El acto mundialmente conocido como “El encierro” consiste en que seis toros guiados por otros ocho mansos atraviesen los angostos 849 metros de la abarrotada ciudad para alcanzar su letal destino final, la plaza de toros, donde serán cruel e innecesariamente asesinados por la tarde. Y así sucesivamente durante los siete días que dura la fiesta. Pese a esa inevitable muerte de los animales, a diferencia con otros encierros similares, en el de Pamplona queda estrictamente prohibido maltratar a los toros, propinarles patadas, subirse encima o cogerles del rabo.

Del casi un millón y medio de los turistas participantes en la fiesta pamplonesa, el 94% de los corredores del encierro son hombres según los datos del portal de estadísticas Statista. Los hombres también son los que predominan en la apertura de la fiesta conocida como el Txupinazo, como indicaba en las redes la activista Itxaso Iturri “…si fuerais de aquí, sabríais que al txupinazo van pocas mujeres (es muy, muy agobiante) y de esas pocas la mayoría son guiris que no se enteran mucho de la vaina…”. El alcohol, el maltrato animal, las drogas, el caos permitido, todo ello contribuye a los actos violentos no solo hacia los animales, sino también hacia las mujeres. En los últimos años, a raíz del asesinato de Nagore Laffage y la violación grupal de la Manada, las agresiones y abusos machistas están en el punto de mira como algo real, algo existente, algo tan presente en las fiestas y en nuestro día a día que da miedo.

Los valores tradicionales de una sociedad patriarcal perviven a día de hoy en los actos como el inútil asesinato de los toros o la normalización de las agresiones machistas hacia las mujeres en las fiestas. Aprovecharse del más débil siempre ha sido la especialidad de aquellos que se creen los amos de un mundo inconsciente e ignorante, íntimamente atado a la tradición y que encuentra las respuestas en la religión y en los valores patriarcales. La esclavitud, el racismo, el sexismo, la sumisión de la mujer y el maltrato animal, son los eslabones de ese sistema creado en los pilares de la tradición y justificado por la misma. Vivimos en una sociedad en la que el placer personal está por encima del sufrimiento o incluso muerte que se provoca a un animal o a una mujer, siempre que sea justificado por la tradición, una fiesta, el arte, la religión o incluso el bienestar propio. Los Sanfermines no es la única fiesta en la que las agresiones machistas y el maltrato animal tienen un papel predominante. Existen miles de fiestas así, porque las violencias machistas están inherentes a la cultura de la permisividad, tradición y el patriarcado. Lo mismo que el maltrato animal, pues siguiendo la idea de la supremacía del hombre sobre la mujer, del blanco sobre el negro, del nacional sobre el extranjero, el ser humano se cree superior a cualquier animal no humano, un concepto que se denomina el especismo. Los asesinos lo llaman tradición y la tradición lo justifica todo.

Lo que no justifica la tradición es que haya estudios alrededor del mundo que demuestran la estrecha relación existente entre el maltrato animal y la violencia doméstica. Desde el año 2012 en EE.UU., Australia, Reino Unido y Nueva Zelanda se están llevando a cabo estudios que demuestran que los casos de relaciones abusivas con los animales en una familia están íntimamente ligados a la violencia doméstica y social. La violencia hacia los animales de compañía es a menudo un indicativo de los abusos infantiles. Así, los niños que hacen daño a los animales son más susceptibles a mostrar comportamientos agresivos o antisociales cuando sean adultos. Nueva Zelanda fue pionera en aprobar el protocolo nacional para la defensa animal y de la infancia que incluía a los animales de compañía como potenciales víctimas en el concepto legal de violencia doméstica.

Aunque el Código Penal español prohíba la violencia animal como tal, permite los espectáculos de índole tradicional y la sociedad entera los apoya económicamente. Quizás no tantos españoles presencien esos espectáculos, pero sí muchos extranjeros que los encuentran únicos e irrepetibles, typical Spanish, que ven esa sublime idiosincrasia ibérica en el derrame de sangre y asesinato a sangre fría de los toros. Sin embargo, lo mismo sucede con el maltrato y agresiones machistas: los conceptos legales son vagos, al igual que las sanciones y penas, la Justicia mira hacia otro lado, mientras los culpables se ríen y disfrutan a costa de esa sociedad tradicional de las apariencias y el jolgorio, del dudoso arte, en la que escasean fondos para luchar abiertamente contra la evidente violencia perpetuada contra la mujer.

Los maltratadores de animales y de las mujeres tienen mucho en común. Quizás incluso sean los mismos. Ellos tienen el poder, ellos tienen el dinero, ellos tienen la justicia y la tradición de su parte. También los esclavistas se beneficiaron de los mismos privilegios en algún momento de la historia, pero se acabó. El primer paso de la victoria en esa lucha contra el patriarcado que oprime a las mujeres y a los animales es la concienciación. El segundo es la lucha. Y después llegará irremediablemente la victoria.

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